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Indice del artículo
Tema de Formación
Realmente ¿El Hábito No Hace Al Monje?
La Madurez: Una Responsabilidad Personal De Cada Consagrada
De Cara Con Tu Estructura Congregacional: ¿En Qué Modelo Vives?
Consagrados deben ser
Todas las páginas


 

Tema de Formación


 

Autor: Germán Sánchez Griese
Fuente: catholic.net

 

"Toda acción que realizan las personas consagradas para beneficiar al hombre, no lo hacen a título personal, ni siquiera a título de la propia Congregación, lo hacen a nombre de la Iglesia, que tiene al ejercicio de la caridad como una de sus principales funciones."

 

LA NOVEDAD DE LA FORMACIÓN A PARTIR DEL CONCICLIO VATICANO II

  • Fijar el horizonte de la formación, ¿hasta dónde quiero llegar?
  • La formación como una experiencia del Espíritu.
  • La experiencia del espíritu.
  • El proceso pedagógico como una experiencia del espíritu
  • De la experiencia del espíritu a la transformación

 

LOS MEDIADORES DE LA EXPERIENCIA DEL ESPIRITU

  • La labor de las formadoras y superioras de comunidad

 

EL DRAMA DE NUESTROS DÍAS

QUÉ TIPO DE FORMACIÓN NECESITARÁN LAS FORMADORAS Y LAS SUPERIORAS DE COMUNIDAD BAJO EL CONCEPTO DE FORMACIÓN COMO EXPERIENCIA DEL ESPÍRITU?

  • La gracia y la libertad.
  • ¿CONOCIMIENTO HUMANO O EXPERIENCIA HUMANA?

 

LA NOVEDAD DE LA FORMACIÓN A PARTIR DEL CONCICLIO VATICANO II


A partir del Concilio Vaticano II se ha visto un gran esfuerzo en la mayoría de las Congregaciones religiosas femeninas por lograr en cada uno de sus miembros una formación a la altura de los tiempos. El llamado de los padres capitulares ha encontrado eco en superioras y formadoras que se han dado a la tarea de capacitar a todas las religiosas de acuerdo a las nuevas situaciones del hombre de hoy. El documento Perfectae caritatis deja consignado para la posteridad la ruta que debía emprenderse: "Promuevan los Institutos entre sus miembros un conocimiento adecuado de las condiciones de los hombres y de los tiempos y de las necesidades de la Iglesia, de suerte que, juzgando prudentemente a la luz de la fe las circunstancias del mundo de hoy y abrasados de celo apostólico, puedan prestar a los hombres una ayuda más eficaz." 1

 

La ayuda más eficaz a los hombres que menciona el documento conciliar no era solamente una invitación a una capacitación meramente técnica o académica. No se buscaba simplemente formar mejores profesoras, mejores enfermeras o mejores catequistas. Si leemos con atención y a la luz del conjunto del Concilio Vaticano II este documento conciliar, básico para entender la renovación de la vida consagrada en la Iglesia católica, podemos entender mejor el papel que juega la formación en la renovación de la vida consagrada. El documento, cuando se refiere a los principios generales que deben guiar la formación, establece como premisa el hecho de que "la adecuada adaptación y renovación de la vida religiosa comprende a la vez el continuo retorno a las fuentes de toda vida cristiana y a la inspiración originaria de los Institutos, y la acomodación de los mismos, a las cambiadas condiciones de los tiempos." 1Un camino de ida y un camino de vuelta. De ida, para recuperar, lo que dirá años más tarde Juan Pablo II, la santidad, la creatividad y la audacia de los Fundadores 3 . De vuelta, porque con ese fervor y con ese ardor se quiere llegar a los hombres que se encuentran en situaciones nuevas, inéditas, y muchas de ellas amenazantes. Por tanto, el objetivo de la renovación es el retorno a las fuentes originarias para vivir con mayor frescura el evangelio y la inspiración originaria de los Institutos, para así adaptarse mejor a las nuevas situaciones del mundo.

La ayuda más eficaz que requieren los hombres de nuestros tiempos es aquella que le sirve para comprender su sentido en la vida, su relación con el Creador, la finalidad para la cual han sido creados .La necesidad de la formación a la que invita el decreto Perfectae caritatis quiere impulsar a las religiosas a adecuar lo mejor posible el mensaje del evangelio de forma que pueda ser recibido por todas las personas.

 

Si todo el objetivo del Concilio Vaticano II se reduce en esta máxima, es necesario comprender que los medios que a continuación indicará el documento Perfectae caritatis, serán solamente para lograr con una mayor eficacia este volver a vivir la frescura de los orígenes, en forma tal que puedan adaptarse mejor a las cambiadas condiciones de los tiempos. Podemos establecer por tanto que el detonante que ha originado la adaptación, el cambio sugerido a las congregaciones religiosas, son los nuevos retos a los que se enfrenta la humanidad. Retos que son de muy distinto tipo y que en este pequeño estudio no podemos abarcar. La vida consagrada, como el resto de la Iglesia, corría el peligro de quedarse anquilosada, atrasada y anclada en el pasado y no cumplir con su misión de evangelizadora del hombre y de la cultura en la que el hombre comenzaba a vivir. En muchas congregaciones religiosas se había confundido la esencia de la consagración con modelos culturales. Por ello el Concilio invita a que la vida consagrada, como todos los otros estratos de la Iglesia, se adaptaran a estos nuevos cambios. Para la vida consagrada elige como punto de partida recobrar el fervor de los primeros cristianos y de los fundadores de las congregaciones.

 

Se habla mucho hoy día de la formación permanente. Pero mucha de esa formación continua se entiende solamente como una mera actualización de tipo científico, académico o de conocimientos, incluso teológicos. Y no es que este tipo de formación vaya en contra de lo que ha establecido el Magisterio de la Iglesia para la adecuada renovación… pero resulta insuficiente.

Bajo esta óptica, la formación a la que está invitando la Perfectae caritatis en el número 2d, no es exclusiva y simplemente una formación académica, científica o profesional. Debe ser una formación que pueda ayudar a entender las nuevas situaciones del hombre para ayudarlo a encontrar la riqueza del evangelio y de este modo su salvación. Si la formación académica y científica ayudan a comprender y ayudar al hombre, no debe olvidarse que esta ayuda se debe prestar siempre en nombre de Dios y de forma tal que esta ayuda, aunque sea solamente desde el punto de vista humano, pueda ayudarlo a encontrar la salvación. Así, Benedicto XVI ha definido todo el quehacer de la Iglesia, como un acto de caridad: "Con el paso de los años y la difusión progresiva de la Iglesia, el ejercicio de la caridad se confirmó como uno de sus ámbitos esenciales, junto con la administración de los Sacramentos y el anuncio de la Palabra: practicar el amor hacia las viudas y los huérfanos, los presos, los enfermos y los necesitados de todo tipo, pertenece a su esencia tanto como el servicio de los Sacramentos y el anuncio del Evangelio. La Iglesia no puede descuidar el servicio de la caridad, como no puede omitir los Sacramentos y la Palabra." 4

 

Toda acción que realizan las personas consagradas para beneficiar al hombre, no lo hacen a título personal, ni siquiera a título de la propia Congregación, lo hacen a nombre de la Iglesia, que tiene al ejercicio de la caridad como una de sus principales funciones. Y estas funciones, aunque sean para la promoción social del hombre, no acaban ahí. La promoción humana del hombre es siempre un medio para ayudarlo a alcanzar la finalidad última de la Iglesia que es la evangelización. "Las transformaciones culturales, sociales y políticas, que involucran, no sin dificultad, pueblos y continentes, inducen a la Iglesia a una presencia evangélica que se convierta en respuesta a las esperanzas y aspiraciones más difusas de la humanidad. Esta viva preocupación pastoral, agudizada por las reflexiones y perspectivas del Vaticano II, reaflora en los sínodos de los Obispos y en las exhortaciones apostólicas, que incitan con claridad e insistencia a la comunidad eclesial a tomar decisiones valientes de renovación, con el fin de acercar al hombre contemporáneo a la fuente de toda auténtica promoción humana y social: el Evangelio." 5

Por otra parte, la ayuda que se le pueda dar al hombre, una ayuda más eficaz, no debe ser únicamente de tipo académico, científico, social, cultural o humanitario. La ayuda más eficaz que requieren los hombres de nuestros tiempos es aquella que le sirve para comprender su sentido en la vida, su relación con el Creador, la finalidad para la cual han sido creados .6 La necesidad de la formación a la que invita el decreto Perfectae caritatis quiere impulsar a las religiosas a adecuar lo mejor posible el mensaje del evangelio de forma que pueda ser recibido por todas las personas. No basta por tanto una formación académica o científica por sí misma para entender y ayudar al hombre. Este tipo de formación es un medio para ayudar más eficazmente al hombre actual a vivir el evangelio y así ayudarlo a encontrar a Cristo, el sentido último de su existencia. Es necesario por tanto una formación permanente integral y eminentemente espiritual, que permita a la persona consagrada estar en posibilidad de adaptarse siempre lo mejor posible para transmitir el mensaje del evangelio a través del apostolado que la obediencia le ha asignado. Esta capacidad de formarse constantemente es una cualidad que debe adquirirse en las primeras etapas de la formación para ser continuada a lo largo de toda la vida. Sin esta actitud constante de formación, la persona corre el riesgo de anquilosarse, de estancarse y de perder la esperanza en sí misma y en la vida consagrada.

Por ello, la formación, lejos de ser meramente académica o científica, debe ser una formación integral, que abarque a toda la persona consagrada y a todas las personas consagradas. Asistimos quizás a un espectáculo demasiado triste en algunas congregaciones religiosas, especialmente en Italia. Debido a la escasez del esfuerzo por buscar vocaciones, y no sólo a la escasez misma de las vocaciones, observamos congregaciones con una fuerte división cultural y generacional. Las religiosas de edad avanzada son por lo general italianas con una formación académica pobre o básica. Las religiosas jóvenes son extranjeras, de cultura distinta a la italiana con una formación básica generalmente pobre, pero que se enriquece constantemente mediante los esfuerzos de la congregación por dotarlas de una formación universitaria o académicamente rica en contenidos. Sin embargo, ambas religiosas no poseen por lo general una formación espiritual rica en contenidos. Se toma en cuenta, y muy en cuenta, la primera formación espiritual, una formación espiritual clásica, pero que está muy lejos de calar en el interior de la persona. Es una formación espiritual en la que importan más los contenidos externos que la postura interna. Se da más importancia a lo que se hace en la vida espiritual que aquello a lo que se va asimilando. Si la formación permanente debería de ser "la disponibilidad constante a aprender que se expresa en una serie de actividades ordinarias, y luego también extraordinarias, de vigilancia y discernimiento, de ascesis y oración, de estudio y apostolado, de verificación personal y comunitaria, etc., que ayudan cotidianamente a madurar en la identidad del creyente y en la fidelidad creativa a la propia vocación en las diversas circunstancias y fases de la vida" 7, para lograr "(…) el fin de la vida consagrada (que) consiste en la conformación con el Señor Jesús y con su total oblación, a esto se debe orientar ante todo la formación. Se trata de un itinerario de progresiva asimilación de los sentimientos de Cristo hacia el Padre" 8, entonces esta formación permanente, de todo tipo, no debería terminar con la profesión perpetua. Y sin embargo nos damos cuenta que sucede todo lo contrario.

La formación inicial en algunos institutos, parecería meramente un requisito formal para la profesión perpetua. Tal parece que se ciñen a la letra del derecho canónico cuando habla de la formación que deben recibir los novicios: "Estimúlese a los novicios para que vivan las virtudes humanas y cristianas; se les debe llevar por un camino de mayor perfección mediante la oración y la abnegación de sí mismos; instrúyaseles en la contemplación del misterio de la salvación y en la lectura y meditación de las sagradas Escrituras; se les preparará para que celebren el culto de Dios en la sagrada liturgia; se les formará para llevar una vida consagrada a Dios y a los hombres en Cristo por medio de los consejos evangélicos; se les instruirá sobre el carácter, espíritu, finalidad, disciplina, historia y vida del instituto; y se les imbuirá de amor a la Iglesia y a sus sagrados Pastores." 9Y sin embargo olvidan lo que cita más adelante el mismo Derecho canónico: "Los religiosos continuarán diligentemente su formación espiritual, doctrinal y práctica durante toda la vida; los Superiores han de proporcionarles medios y tiempo para esto." 10Y es en este punto en dónde se establece la ruptura, especialmente en las superioras de comunidad. Se habla mucho hoy día de la formación permanente. No hay congregación religiosa que no trate este punto en los capítulos generales, en las asambleas intercapitulares, en los congresos internos o en las jornadas de actualidad. Pero mucha de esa formación continua se entiende solamente como una mera actualización de tipo científico, académico o de conocimientos, incluso teológicos. Y no es que este tipo de formación vaya en contra de lo que ha establecido el Magisterio de la Iglesia para la adecuada renovación… pero resulta insuficiente.

 

La formación necesaria para adaptar la gran riqueza de la vida consagrada a los retos actuales, aquella que permite aplicar la frescura de la vida de los fundadores a las situaciones actuales, aquella que hemos nombrado como formación de ida y formación de vuelta, requiere sin duda alguna de todo este tipo de formación académica, de actualización, de información teológica. Pero poco o nada efectivo lograrán sin una adecuada formación espiritual, es decir, sin lograr que todos esos conocimientos adquiridos calen en el interior de la religiosa y la transformen con el fin no de hacerla una mejor profesora, catequista o enfermera, sino, sobretodo, una mejor discípula de Cristo, que viva en sí misma los mismos sentimientos de Cristo, con el fin de que pueda de esa manera, incidir mejor en los hombres, a través del propio carisma que Dios ha regalado a su Instituto de manos de su Fundador. De lo contrario todos esos contenidos académicos, formativos, teológicos, buenos en sí mismo, corren el riesgo de que no transformen a la mujer consagrada y no la hagan más disponible para la misión. Es triste muchas veces el espectáculo de religiosas que van de un congreso a otro, buscando formación, buscando escuchar discursos que las emocionen, pero que después de años siguen siendo las mismas. No han faltado los medios externos, pero faltan los medios internos para lograr que esos contenidos realmente transformen a la persona y las hagan más semejantes a Cristo, a la manera de sus fundadores y fundadoras. Es triste muchas veces el espectáculo de religiosas que van de un congreso a otro, buscando formación, buscando escuchar discursos que las emocionen, pero que después de años siguen siendo las mismas. No han faltado los medios externos, pero faltan los medios internos para lograr que esos contenidos realmente transformen a la persona y las hagan más semejantes a Cristo, a la manera de sus fundadores y fundadoras

 

Hemos dicho que los esfuerzos que se han hecho las congregaciones religiosas femeninas por dotar de buena formación a sus religiosas, ha sido una empresa laudable y digna de encomio. Ahora, las religiosas pululan en los diversos ámbitos universitarios, procurando adquirir una buena formación académica – científica. Se les ve también asistir con asiduidad a cursos de actualización, conferencias de actualidad. Sin embargo tal parece que todo el esfuerzo en la formación permanente se concentra en este tipo de formación académica - científica, dejando a un lado la continuidad en los otros campos de la formación. Es muy fácil delegar la formación de un solo aspecto a una institución universitaria, pero es muy difícil continuar la formación en todos los campos del desarrollo humano, especialmente en el campo espiritual. La fenomenología observada al respecto es muy curiosa y vale la pena detenernos un momento en ella para observarla y sacar las conclusiones pertinentes.

Fijar el horizonte de la formación, ¿hasta dónde quiero llegar?

Con el pasar de los años se entiende cada vez más los propósitos del Concilio Vaticano II para la vida consagrada. Si hemos sintetizado estos objetivos en un camino de ida que quería recuperar el fervor de los Fundadores y en un camino de vuelta para aplicar dicho fervor a las circunstancias actuales de los hombres, tal parece que este camino se ha visto truncado en una de sus partes. Si por un lado las nuevas generaciones de religiosas tienden a llegar con una mejor preparación académica–científica y las congregaciones e institutos religiosos se esfuerzan por continuar este tipo de formación a lo largo de la vida de sus miembros, la parte de la adaptación a los nuevos tiempos no se ha visto completa del todo. Es innegable el hecho que muchas congregaciones, por diversos motivos, han renunciado a tener un papel preponderante en la cultura moderna. Si bien es cierto que las dificultades en nuestros tiempos son muchas y no podemos aducir a un solo factor la renuncia de las congregaciones religiosas femeninas a influir en la cultura, también es cierto que esta renuncia se debe a una falta de preparación de los miembros de las congregaciones por afrontar los nuevos retos de la cultura y de la sociedad. Es necesario por tanto una visión integral del proceso formativo. Esta falta de visión adecuada puede deberse a un concepto equivocado de la consagración, ya que la formación debe responder al objetivo final que se quiere lograr, es decir al tipo de mujer consagrada que se quiere formar. Y esto no sólo en las etapas iniciales, sino a lo largo del todo el arco de vida de la mujer consagrada.

Esta falta de visión global de la vida consagrada ha originado en muchas congregaciones e institutos religiosos una formación parcial, privilegiando tan sólo una formación académica – científica. Los resultados pueden observarse en la falta de adaptación de muchas religiosas a los tiempos actuales, especialmente en aquellas religiosas de edad avanzada. Han quedado postergadas en este esfuerzo de adaptación, observándose no pocas veces fracturas al interno de la congregación que se hacen evidentes en la diferencia de edad, de cultura o de preparación. Al interno de una misma congregación pueden darse diferencias entre estos grupos que genera rupturas irreconciliables.

Se debe pensar por tanto en un horizonte de la formación que responda a un tipo de mujer consagrada que se desea formar. Puede ser que el error de varios institutos religiosos haya sido el de haber fijado una ratio formationis sin haber tomado en cuenta el modelo de mujer consagrada que se quería formar. Llevadas por la moda, por las prisas, por falta de preparación o por una falta de reflexión adecuada, se lanzaron a modificar el proceso de la formación sin tener en cuenta el modelo que se quería alcanzar. Dejaron el todo de la formación por seguir una parte.

 

Los resultados pueden observarse en la falta de adaptación de muchas religiosas a los tiempos actuales, especialmente en aquellas religiosas de edad avanzada. Han quedado postergadas en este esfuerzo de adaptación, observándose no pocas veces fracturas al interno de la congregación que se hacen evidentes en la diferencia de edad, de cultura o de preparación.

El todo de la formación debe abarcar el esfuerzo de la mujer consagrada por hacer ese camino de ida y ese camino de vuelta. Es decir, debe tomar en cuenta la formación necesaria para descubrir y vivir cada día la frescura y la audacia de los Fundadores y aplicar dicha audacia y frescura a las situaciones actuales, sea estas situaciones actuales personales, sea de los hombres a los que se tiene que hacer llegar el evangelio. Las fracturas son evidentes desde el momento en que muchas congregaciones han perdido el ardor por llevar a cabo la misión que su mismo carisma les pedía o no han adaptado y desarrollado el carisma a las cambiantes situaciones de los tiempos actuales. Congregaciones y personas consagradas que se lamentan por la situación actual pero que poco o nada hacen por remediarlo. Al faltar el modelo, cualquier tipo de formación, cualquier contenido formativo es simplemente una yuxtaposición de informaciones que se recogen sin lograr formar un objeto preciso. La formación debe ser en función del modelo fijado, pero tal parece que muchas han recorrido el camino inverso, pensando que una colección indiscriminada de contenidos podría formar una mujer consagrada a la altura de los tiempos actuales.

 

Pensar la formación de la vida consagrada en los tiempos actuales requiere pensar en primer lugar en el tipo de mujer consagrada que se quiere formar. Una vez que se tiene clara la meta a la que se quiere llegar, entonces y sólo entonces se buscan los mejores contenidos que puedan llevar a cabo el modelo pensado. Cada congregación, lo veremos en los siguientes incisos, por el carisma propio, posee la huella de una mujer consagrada ideal que el fundador o la fundadora han pensado, iluminados por la experiencia del espíritu que Dios les ha permitido realizar. Sin embargo hay notas y características comunes a toda congregación religiosa que permite tener una idea clara y precisa del tipo de mujer consagrada que se quiere formar.

Si partimos de la definición que nos da el Derecho canónico de la vida consagrada, podremos destacar algunos elementos fundamentales de la mujer consagrada. "La vida consagrada por la profesión de los consejos evangélicos es una forma estable de vivir en la cual los fieles, siguiendo más de cerca a Cristo bajo la acción del Espíritu Santo, se dedican totalmente a Dios como a su amor supremo, para que entregados por un nuevo y peculiar título a su gloria, a la edificación de la Iglesia y a la salvación del mundo, consigan la perfección de la caridad en el servicio del Reino de Dios y, convertidos en signo preclaro en la Iglesia, preanuncien la gloria celestial." 11 El modelo de mujer consagrada será aquella que haya decidido seguir más de cerca de Cristo, mediante los consejos evangélico y poner a disposición de Él toda su vida, como bellamente ha recogido la Exhortación apostólica postsinodal, Vita consecrata: "A quien se le concede el don inestimable de seguir más de cerca al Señor Jesús, resulta obvio que Él puede y debe ser amado con corazón indiviso, que se puede entregar a Él toda la vida, y no sólo algunos gestos, momentos o ciertas actividades. El ungüento precioso derramado como puro acto de amor, más allá de cualquier consideración « utilitarista », es signo de una obreabundancia de gratuidad, tal como se manifiesta en una vida gastada en amar y servir al Señor, para dedicarse a su persona y a su Cuerpo místico." 12 Se trata por tanto de formar una mujer consagrada que esté siempre en capacidad de seguir a Cristo, de amarlo. Se deben formar en ella las disposiciones necesarias para que pueda tender todos los días a seguir a Cristo.

No es una empresa fácil pues debe pensarse en una formación de toda la persona. Quien adquiere un conocimiento técnico o científico, podemos decir que dicho conocimiento permanece, mientras los avances científicos no digan lo contrario. Quien aprender a sumar y sabe que dos más dos suman cuatro, mientras no haya una evidencia científica que demuestra lo contrario, dicho conocimiento permanecerá inalterado en su persona. Sin embargo la formación de la persona consagrada no puede reducirse a adquirir una serie de conocimientos científicos o espirituales. Es necesario que dichos conocimientos calen en el interior de la persona para hacer que siempre esté disponible a modelar su persona en base a la meta que quiere alcanzar. Esta meta no es sino la de asemejarse a Cristo. Si la definición que da el Derecho canónico de la persona consagrada es la de seguir más de cerca a Cristo bajo la acción del Espíritu Santo, bien sabemos que este seguimiento no se reduce a las primeras etapas de la formación, además de que el seguimiento no está exento de sufrir menoscabos a lo largo del tiempo. El paso de los años, los posibles fracasos, las desilusiones de la vida pueden llevar a las personas consagradas a echar marchar atrás en este seguimiento o por lo menos a frenar el ardor primero y comenzar a vivir sin ilusión y sin entusiasmo. Como quien va arrastrando una vida consagrada, más que gozando del seguimiento de Cristo, como decía Pablo VI: "La gioia di appartenergli per sempre è un incomparabile frutto dello Spirito santo, che voi avete già assaporato. Animati da questa gioia, che Cristo vi conserverà anche in mezzo alle prove, sappiate guardare con fiducia all'avvenire. Nella misura in cui si irradierà dalle vostre comunità, questa gioia sarà per tutti la prova che lo stato di vita, da voi scelto, vi aiuta, attraverso la triplice rinuncia della vostra professione religiosa a realizzare la massima espansione della vostra vita nel Cristo." 13

 

El punto fundamental de esta formación permanente se encuentra en formar las disposiciones interiores para estar siempre en una sana tensión para seguir a Cristo. Quizás la exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata nos da la clave para resolver este acertijo. Si la persona consagrada a lo largo de su vida debe asemejarse cada vez más a Cristo, respondiendo a al llamado que Él le ha hecho para ser uno de sus discípulos, esto es, para ser uno de los que le siguen más de cerca, esta semejanza tiende a hacerse real en la medida en que la persona se asemeja a Cristo, esto es, en la medida en la que piensa, actúa y quiere como Cristo. Se habla por tanto de una formación que logre penetrar todas las potencias del hombre, su inteligencia, su voluntad y su afectividad, es decir, de una formación integral en forma tal que la persona responde con todo su ser a la persona de Cristo. La misma exhortación Vita consecrata, en base a esta definición de lo que es la consagración, nos da la definición de la formación. "La formación, por tanto, debe abarcar la persona entera, de tal modo que toda actitud y todo comportamiento manifiesten la plena y gozosa pertenencia a Dios, tanto en los momentos importantes como en las circunstancias ordinarias de la vida cotidiana. Desde el momento que el fin de la vida consagrada consiste en la conformación con el Señor Jesús y con su total oblación, a esto se debe orientar ante todo la formación. Se trata de un itinerario de progresiva asimilación de los sentimientos de Cristo hacia el Padre." 14Tenemos por tanto cerrada l ecuación de la formación en base al concepto de consagración.

La definición que da el Derecho canónico de la persona consagrada es la de seguir más de cerca a Cristo bajo la acción del Espíritu Santo, bien sabemos que este seguimiento no se reduce a las primeras etapas de la formación, además de que el seguimiento no está exento de sufrir menoscabos a lo largo del tiempo. El paso de los años, los posibles fracasos, las desilusiones de la vida pueden llevar a las personas consagradas a echar marchar atrás en este seguimiento o por lo menos a frenar el ardor primero y comenzar a vivir sin ilusión y sin entusiasmo.

 

Si se ha dicho que la esencia de la consagración es el seguimiento más cercano de la persona de Cristo y que este seguimiento se concretiza en el esfuerzo que hace la persona consagrada por copiar los sentimientos de Cristo, entonces la formación no tendrá como otro objetivo sino el de lograr que la persona consagrada a lo largo de su vida esté siempre disponible a imitar los sentimientos de Cristo. No es ya simplemente el tener unas nociones académicas-científicas o espirituales, sino es dejar que Cristo penetre en la persona consagrada, para lograr en la persona consagrada una respuesta que la lleve cada vez más a asemejarse más a Él. Este proceso no es simplemente un proceso pedagógico, sino una experiencia del Espíritu.

(Continuará…)


 

 



 


Si deseas alguna información, hacernos sugerencias o enviarnos algún tema o simplemente escribirnos, puedes dirigirte con la Hna. Yoselin Gomez Melo.

Nombre: Instituto Hijas del Sagrado Corazón de Jesús I.F.C.J.
Fundador: Siervo de Dios Eugenio Oláez Anda
Cofundadora: R. M. Luisa de san José Marmolejo Rodarte
Lugar de fundación: León, Gto. México
Fecha: 15 de junio de 1920
Naturaleza: Instituto de Vida Religiosa y de Derecho Pontificio
Carácter: Instituto de Vida Apostólica

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